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Autor : cazzique
ID del relato : 438
Audiencia : Abierto
versión 1.00.01
Fecha de Publicación: 25/7/2010 18:44:04
Lecturas : 310
Mi hija a veces salía del baño únicamente envuelta en una toalla y oliendo exquisitamente a shampoo y jabón, cosa que me ponía en ocasiones muy nervioso. No debo de negar que algunas veces me masturbé pensando en su joven cuerpo, claro que tratando de pensar en alguien más. Desde hace ya varios años que no veía a mi hija pues me había tenido que cambiar de residencia y ahora vivía en el extranjero. Por supuesto que siempre vi por ella enviándole a su madre dinero para la manutención de la niña y para lo más elemental en casa. Pues bien por la mañana recibí una llamada de mi ex mujer en la que me comunicaba que nuestra hija Araceli estaba terminando sus estudios medios y estaba lista para ingresar en la universidad, por supuesto una muy buena noticia. Me informó también en dicha llamada de que Araceli debido a sus buenas notas había logrado conseguir una beca para estudiar en una universidad extranjera y que por coincidencia la universidad seleccionada por la chiquilla se encontraba en la ciudad en donde yo radico. Gustoso me ofrecí para dar alojamiento a nuestra hija y enseñarle la ciudad en cuando tuviese el tiempo para hacerlo, en esta ocasión Martha mi ex me comunicó con la chiquilla con la cual ya tenía tiempo que no conversaba. Feliz me explicó que había sido una de las pocas afortunadas en sacar dicha beca y que ahora estaba muy nerviosa por tener que abandonar a su madre. Por supuesto la alenté a que no tomara las cosas tan penosamente pues era una oportunidad única de superarse y además de conocer nueva gente. Le dije que no se mortificara por su madre pues entre los dos la mantendríamos informada de cómo se iban sucediendo las cosas acá y que en la épocas de vacaciones tendría la oportunidad de irla a visitar. Araceli se sintió un poco mejor después de haber hablado conmigo y nos despedimos quedando de llamarnos pronto para ultimar los detalles del próximo viaje para el cual todavía faltaban algunos meses. Pues bien el tiempo fue trascurriendo implacable y ahora me encontraba en el aeropuerto esperando la llegada de mi hija Araceli. La última fotografía que había recibido de ella era la de sus quince años y pues la verdad dudé mucho de que la pudiese reconocer. Así que lo mejor que pude hacer fue imprimir en una hoja su nombre y esperar en la terminal aérea a que ella me identificada de está forma. Tras anunciarse la llegada de su vuelo me paré en la salida con mi papelito como muchos otros que esperaban la llegada de personas que no conocían o a los que habían mandado con dicho propósito de agencias de viajes o de sus respectivos centros de trabajo. En fin, la gente comenzó a pasar por el pasillo y miraban uno u otro letrero, la verdad es que me sentí muy tonto con mi papelito allí parado. Una jovencita regordeta se acercó hasta donde yo estaba y estuvo estudiando el papel por algunos segundos, me miro sonriendo y preguntó. ¿Araceli?... esa soy yo. Me quedé perplejo pues no creí que mi hija hubiese engordado tanto desde sus quince años, pero en fin, le sonreí nuevamente y le dije: ¡Tengo el auto en el estacionamiento!... ¿Vamos? La chica se me quedó mirando por algunos instantes un tanto perpleja y después de algunos segundos añadió: ¿El auto?... Pensé que era un autobús... ¡Perdón!... ¿Cuál es tu apellido? Al decirme su apellido se comprendió el error, ella era otra chica y los dos reímos divertidos por el incidente. Finalmente la chica encontró al personaje que buscaba y entonces vi por qué pedía un autobús, era un grupo de estudiantes bastante numeroso. Todavía estuve esperando algo más de tiempo y los últimos pasajeros comenzaron a pasar por el pasillo, hasta llegué a pensar qué ya se había pasado mi hija y ni cuenta me había dado. Pero finalmente el último de los pasajeros del avión bajó. Era una chica alta de facciones finas, cabello rubio y cuerpo delgado, inmediatamente pude reconocer esa amable sonrisa y bajé mi papel, era ella, era Araceli. Nos abrazamos efusivamente y estuvimos así durante un par de minutos, algunas lágrimas rodaron por los ojos de ambos y luchamos para que el sentimiento de tantos años de distancia no nos embargara completamente. Tras ese par de minutos logramos recomponernos un poco y comenzamos a hablar, era una conversación muy pausad pues ninguno de los dos atinaba a que decir. Lentamente caminamos hasta la zona del estacionamiento en donde se encontraba mi auto y ya dentro todavía nos quedamos algunos minutos más conversando sin encender el carro. Las emociones eran en esos momentos muy intensas y no alcanzaba ni siquiera a comprender que ella vendría algo cansada por el viaje – aunque ella tampoco se daba cuenta de su cansancio – y el incomodo asiento del avión. Finalmente recuperando un poco la ecuanimidad le pregunté a mi hija si no se sentía un poco cansada por el largo viaje. Ella pareció entonces comprender mejor la situación y el cansancio se reflejó en su rostro. Encendí el auto y conduje sin escalas hasta la casa. Inmediatamente llegando a casa le informé a mi hija cual iba a ser su habitación y la conduje hasta ella, quedó muy satisfecha con el trabajo que había realizado y la dejé allí para que se recostara. Entretanto yo bajé sus cosas de la cajuela y las acomodé en la sala. Así transcurrió el primer día en compañía de mi hija. Mi casa es pequeña pues únicamente vivó yo aquí, claro que algunas veces ha venido alguna que otra chica pero no son relaciones serias las que he llagado a tener y el único cuarto que se encontraba habilitado era el que yo ocupo. Para decorar la habitación vacía tuve que pedir la ayuda de una compañera de trabajo qué tiene hijas y ella muy amable se ofreció a decorarla. Afortunadamente fue del gusto de mi hija y ahora teníamos que comenzar con una convivencia diaria. Papá... – me dijo un día. – Sé que vives solo e imagino que tendrás alguna que otra amiga por allí... Espero no molestarte en eso... Yo le dije a mamá que podría dormir en la Universidad pero ella insistió en que viniese a tu casa. No hija, como crees... Es mejor que estés acá y por lo otro no te preocupes, sabré ser discreto si eso llega a suceder. – dije sonriéndole. En fin los días comenzaron a sucederse y ambos nos fuimos acostumbrando a la presencia del otro. Araceli salía junto conmigo por las mañanas y los dos llegábamos casi a la misma hora por las tardes ya sin muchas ganas de salir. Algo que me comenzó a llamar la atención más que molestarme fue que mi pequeña hija de dieciocho años se paseaba por la casa solo con una playera larga puesta, Sus piernas largas y blancas desnudas eran motivo más que suficiente para llamar la atención de cualquiera y hay que tener en cuenta que yo no practicaba nada desde hace algún par de meses. Varias veces me descubrí mirando sus piernas mientras pasaba al frente de mí mientras miraba la televisión o cuando estaba sentado en la mesa y ella se preparaba algo en la cocina. Por supuesto como todo hombre escrupuloso rápidamente separaba la mirada y me giraba para otro punto desechando cualquier mal pensamiento que cursase por mi mente. Cómo en casa tengo únicamente un solo baño en ocasiones me tocó estarme duchando y Araceli queriendo entrar a hacer sus necesidades y a esto también nos comenzamos a acostumbrar por lo tanto dejábamos la puerta sin seguro y así podríamos entrar en cualquier momento claro que siempre tocando con anticipación. Mi hija a veces salía del baño únicamente envuelta en una toalla y oliendo exquisitamente a shampoo y jabón, cosa que me ponía en ocasiones muy nervioso. No debo de negar que algunas veces me masturbé pensando en su joven cuerpo, claro que tratando de pensar en alguien más. Algunos meses después de su llegada sucedió algo que se me quedó profundamente grabado en el alma, era temprano y me desperté con ganas de orinar, me levanté y fui hasta el baño vi un hilillo de luz debajo de la puerta y toqué un par de veces, no obtuve respuesta y creí que Araceli se había olvidado de apagar la luz. Abrí de par en par y salté asustado hacia atrás pero sin apartar la mirada del motivo de mi espanto. Mi hija se encontraba de pie en la bañera completamente desnuda, apenas se estaría metiendo a bañar pues no estaba mojada, su cabello rubio estaba suelto caía sobre los hombros, sus senos de buen tamaño con una aureola oscurita y su pequeño botoncito dormido. Su vientre plano y su cintura breve, pero lo que más me llamó la atención fue su vientre completamente liso, sí, Araceli se depilaba la entrepierna. Pude ver el inició de su vulva y los labios vaginales en la parte baja ligeramente separados. Comprenderán la sorpresa. Araceli también sorprendida me miró incrédula y se quitó entonces los audífonos que traía, entonces pude seguir el cable y efectivamente en la mano traía el Ipod. Nervioso me disculpé volviendo a cerrar la puerta y quedándome con una erección qué me costó una barbaridad controlar. Efectivamente lo que había sucedido era que ella no escuchó mis tóquidos por estar escuchando la música y yo no creía que ella pudiese estar en el baño a esas horas. Pero desde esos momentos algo en mí comenzó a cambiar, ahora buscaba en cada oportunidad mirar las piernas de mi hija y no podía evitar el masturbarme pensando en su cuerpo desnudo. Obviamente me sentía mal con migo mismo por tener estos sentimientos pero era algo mucho más fuerte que yo. Mi hija al parecer siguió cómo de costumbre no prestando más atención a lo ocurrido. En una ocasión ella se encontraba sentada en la sala con su playera larga de costumbre y sus piernas completamente desnudas, descalza. Esta vez mientras que ella miraba la televisión comencé a poner más atención a sus movimientos y logré ver sus bragas blancas en varias ocasiones mientras cruzaba las piernas o se movía adelante o atrás, miré también como se marcaban en la parte frontal de la tela sus tetas, sus pezones y no debo explicarle que tenía una erección de los mil demonios que con nada se quería bajar. Esa noche me quedé sin poder dormir y me tuve que masturbar tres veces pensando en lo deliciosa que era mi hija Araceli. Y las cosas continuaron su camino, una tarde que llegué un poco más temprano del trabajo entré en la habitación de mi hija y busqué de inmediato su ropa usada, saqué del cesto una de sus bragas y la pegué a mi nariz. Su olor era increíblemente erótico y me tumbé en su cama. Saqué mi verga completamente erecta y comencé a masturbarme deliciosamente, me puse las bragas en la mano y con ellas también me masturbé hasta terminar completamente en ellas. Fue tanta la leche que me salió que disfruté enteramente. Regresé las bragas completamente embarradas con mis jugos al cesto de la ropa sucia y dejé todo como lo había encontrado. Cuando Araceli llegó no notó nada. Una noche ya de madrugada me desperté sumamente caliente, mi verga parecía una barra de acero. Me masturbé y me vine sobre mi estómago pero la dureza de mi tronco no se perdió por nada. Me levanté sigilosamente y todo se encontraba a oscuras. Me dirigí hasta la habitación de mi hija, giré la perilla comprobando que no se encontraba cerrada con seguro. Lentamente abrí la puerta e ingresé se escuchaba únicamente el sonido de su acompasada respiración y la total oscuridad ayudaba a mi propósito. Me acerqué despacio hasta donde se encontraba Araceli y con los nervios y la excitación al máximo me atreví a extender mi brazo y con la palma logré tocar su muslo. Me costaba trabajo respirar silenciosamente y no temblar mientras lo intentaba; lentamente subí mi mano pasando pos sus caderas y luego por su torso, todo sobre la cobija. Araceli ni siquiera se movió y esto me dio más confianza, mi hija tenía el sueño pesado. Lentamente comencé a levantar la cobija y pude descubrir que ella se encontraba completamente desnuda. Moví mi mano hasta su pecho y logré rozar uno de sus senos, ella se encontraba dormida boca arriba. Su piel era suave y de fragante aroma, joven, tersa mis dedos lentamente se deslizaron por la suave pendiente de su pecho, ascendiendo hasta tocar la piel mas sensible de su aureola, rodee lentamente por esa superficie y me fui acercando al pezón, éste se encontraba dormido así que girando con la yema de mi dedo sobre su aureola fui logrando que el botoncito cobrara vida y lentamente se fue irguiendo, lo atrapé delicadamente con mis dedos y lo apreté muy levemente. Entre tanto ya había llevado mi otra mano hasta mi entrepierna y me acariciaba el endurecido palo por encima de la tela de mi pantalón. Palpé luego la parte baja del seno comprobando su hermosura y para terminar bajé hasta su entrepierna, con mis dedos recorrí suavemente el monte de Venus y la parte alta de los labios vaginales. No pude percibir humedad así que no arriesgué más y lentamente volví a cubrir a mi hija. Para esos momentos ya había eyaculado y tenía echo una sopa todo el pantalón del pijama. Tan silencioso como entré, salí. Al día siguiente todo continuó como de costumbre y no se volvió a repetir lo de esa noche sino hasta después de dos semanas. Esta vez volvía a repetir todos los pasos de la vez pasada, toqué los senos de Araceli y su vulva, solo que en esta oportunidad ella estaba recostada con las piernas un poco abiertas y tuve más oportunidad de reconocer su vulva. Mis dedos se deslizaron desde la parte alta y lentamente comencé a recorrer hasta llegar casi al ano, así lo hice un par de veces y noté un poco de humedad entre los labios. Metí ligeramente uno de mis dedos y efectivamente algo de su fluido estaba en la cueva. Con esa humedad lubriqué mi dedo y comencé lentamente a subir y bajar por todo lo largo de los suaves labios vaginales en una masturbación lenta que poco a poco comenzó a dar resultados. Metiendo el dedo en la parte alta de la concha logré localizar el clítoris de Araceli que ya se encontraba erguido y fuera del capuchón, con suaves pases por encima logré que el cuerpo de mi hija reaccionara y noté algunos leves movimientos. Lo estaba gozando. Ella continuaba dormida pero su cuerpo estaba sintiendo las caricias que le daba, de pronto ella se movió. Rápidamente me separé de su cuerpo y me quedé quieto a un lado de la cama. Mi hija se despertó y se levantó ligeramente para coger las cobijas que se encontraban hasta sus rodillas, se tapó y se volvió a recostar. Yo continué sin moverme, sabía que si ella se paraba todo estaba perdido, me encontraría, lo mismo si encendía la luz. Bajé mi cabeza lo más que pude y regulé mi respiración a pesar de los nervios que me mataban. Araceli no se levantó por fortuna, pero escuché como se movía debajo de las cobijas tras unos segundos. Luego comenzó a llegar hasta mis oídos un leve rocé, una y otra vez se comenzó a repetir el sonido. Levanté mi cabeza y el ruidillo se hizo un poco más nítido. Sí, se trataba de lo que efectivamente me estaba imaginando, mi hija se estaba masturbando y yo ahí tan cerca y tan lejos a la vez. Una y otra vez se escuchaba como su mano se restregaba contra su concha y pronto se comenzaron a escuchar algunos chasquidos producidos por los jugos vaginales en juego con los labios que se abría y cerraban por la acción de sus dedos. Era el sonido más caliente y excitante que se pudiera escuchar, no pude más, me saqué la verga y junto con ella comencé a movérmela. Algunos minutos pasaron y mi hija comenzó a gemir levemente. Justo con sus gemidos salió de mi verga un disparo potente que seguramente cayó sobre el suelo de duela. Apreté mis labios para no gemir ni hacer ruido pero disfruté intensamente de cada uno de los chorros de leche que salían de mi pito. Inmediatamente el olor a semen se regó por la habitación pero dudo que mi hija se diese cuenta pues se encontraba perdida en sus propio placer. Tras terminar de masturbase Araceli lentamente se comenzó a quedar dormida de nuevo y yo tuve que esperar todo ese tiempo hasta que escuché su respiración nuevamente acompasada. Me levanté cuidadosamente y salí del cuarto sigilosamente para volver a masturbarme en mi habitación pensando en lo ocurrido. Debo decirles también que desde que miré a mi hija por primera vez desnuda en el baño me comencé a acercar más a ella, atendiéndola en todo y siendo más cariñoso que antes, al parecer ella lo tomó todo naturalmente. Una de esas noches mientras qué cenábamos yo apuré mi vaso de leche y me levanté a hacer algunas cosas en lo que la charla continuaba, cuando terminé de arreglar lo que estaba haciendo me coloqué detrás de la silla de mi hija y comencé a darle un ligero masaje en los hombros, claro que mi intención era la de ver hasta donde ella se dejaba tocar. Mis dedos comenzaron a sobar delicadamente sus hombros y avanzaba así hasta los brazos. Noté que ella lo disfrutaba pero que llegado a cierto punto comenzaba a resistir pues seguramente las caricias que le hacía la estimulaban de alguna manera sensual. Descubrí que ese era uno de sus puntos débiles y desde esa noche comencé a hacer los masajes más frecuentemente. Cada que le daba un masaje a Araceli procuraba captar cada una de sus reacciones y una de esas noches en qué estábamos sentados en la sala ella comentó que se sentía cansada. Rápidamente me levanté ofreciéndome a darle su masaje relajante ella sentada en el sofá y yo parado desde atrás. Tomé sus hombros y comencé lentamente con las caricias, traía puesta su playera larga cómo de costumbre y miré atentó mientras ella movía su cabeza a un lado o al otro. Sus senos se irguieron un poco y el pezón se comenzó a levantar marcándose estupendamente en la prenda, definitivamente Araceli se excitaba con mis caricias; claro, no porqué se las hiciera yo sino simplemente por el tipo de caricia que era. Esto me confirmaba que había una muy leve oportunidad para calentarla hasta un punto en que se dejara manipular mucho más y posiblemente hasta llegar a algo más, definitivamente tenía que trabajar en ello. Pues bien masajeando de esa manera logré llegar a acariciar su espalda casi hasta rozarle las nalgas sin ninguna protesta por parte de mi nena y pude además percatarme que sus piernas se apretaban ligeramente, seña inequívoca de que estaba llegando a un nivel de excitación primario. Así de esté modo comencé a meterme más y más con el pretexto de los masajes para tocar directamente el deliciosos cuerpo de mi hija y creo que en cada sesión lograba extraordinarias y fantásticas erecciones. Era ya costumbre de casa que después de cenar y mirar un rato la televisión se llegara el momento de un reconfortante masaje para ambos. Yo dándolo y ella recibiéndolo Era una noche lluviosa, terminamos la cena y la luz se fue justo cuando comenzábamos a ver una película, comenzamos a platicar en la oscuridad y la luz no volvía. Araceli se levantó y a tientas comenzó a buscar algunas cosas en la mesa, yo también me levanté sin ninguna mala intención, iba a la cocina por algo de agua y me topé con mi hija en el camino de regreso, dejé sobre la mesa el vaso y continuamos platicando así de pie y frente a frente. En determinado momento mi hija se giró dándome la espalda haciendo no sé que en la mesa. Yo posé las manos en sus hombros y comencé a masajearle lentamente. Ella se quedó en silencio dejándose y yo me fui pegando lentamente a su cuerpo, todo estaba en silencio, solamente se escuchaba la lluvia golpeando el tejado de la casa. Como de costumbre la cabeza de ella se ladeaba a un lado o al otro y estiraba un poco su espalda. Pasando algunos minutos noté mi vientre rozando ligeramente las nalgas hermosas de mi nena, seguía con el masaje, ella también debió de sentir mi roce pero no se movió ni dijo nada. Yo seguí sobando sus hombros y espalda pero sin retirar mi vientre de ese lugar. Mi verga que ya estaba completamente dura se encontraba apuntando hacia arriba atrapada entre el calzón y mi vientre. Mientras que el masaje continuaba sentí que el cuerpo de mi pequeña se reclinaba un poco hacia el frente dejando más paraditas todavía las nalgas y sentí como mi tronco duro y grueso se anidaba entre el canal de sus nalgas muy ligeramente. En esos momentos escuché la respiración más agitada de Araceli y la mía misma, era una situación difícilmente excitante y todavía mucho más difícil de dejar pasar. No pensé en nada más qué en continuar. Mis caderas se pegaron más al cuerpo de mi hija dejándole sentir completamente la dureza de mi tronco entre sus nalgas y jale su espalda hasta dejarla recargada en mi pecho. Traía el cabello sujeto en una coleta y su deliciosos olor me llegó enseguida. Pegué mi rostro al oreja derecha y sentí como paró un poco más las nalguitas restregándose muy ligeramente contra mi tronco. Yo no dejaba de masajear sus hombros delicadamente. ¡No papá! – dijo en un leve susurro que salió de sus labios. No hice caso de su suplica y continué con lo mío, esta vez acerqué mis labios a su cuello y muy ligeramente lo rocé con ellos. Ella movió su cabeza hacia ese lado tratando de evitarme pero sus defensas eran muy débiles. Mis manos bajaron por sus brazos acariciándolos despacio y llegué hasta la altura de su pecho. Tomé con mis palmas las dos masas de carne y las amasé muy suavemente sintiendo su peso y su forma deliciosa. Sus pezones estaban completamente erguidos y los atrapé entre mis dedos y mi hija se comenzó a dejar manipular sin resistencia física solo con palabras. ¡No, no papá!... ¡Ah, no, no! ¡Shhh!... ¡No digas nada!.... ¡Nada! – dije a su oído. Las tetas de mi hija se hicieron masa en mis manos y su cabeza se echó hacia atrás recargándola contra mi hombro. Besé ahora sí decididamente su cuello y su oído y ella se quedó en silencio dejándose besar de esta manera tan excitante. Dejé sus senos para meter la mano por debajo de su playera y acariciarle su estómago plano, su piel suave estaba sumamente caliente. Lentamente mi mano fue descendiendo hasta llegar a tocar el filo de las bragas y con delicados y temblorosos movimientos me deslicé por esa suave superficie de nylon. Ella ya no decía nada solamente se dejaba manipular de esa manera y yo pude palpar a mi libre antojo su vulva. Toda mi palma y dedos estaban sobre la vagina de mi hija y ligeramente la movía sobre la zona excitando más a mi ya de por sí excitada hija. La humedad de su interior no se pudo contener y sentí como la prenda se comenzaba a humedecer ligeramente en la parte baja. No pude contener más mis ya desbordadas ansías y metiendo las palmas rectas por los costados de las bragas las empujé hasta hacerlas descender ligeramente. Desabotoné el pantalón del pijama y lo bajé con todo y calzones y mi verga se anidó entre ese hermoso par de cachetes, mi hija al sentir la dureza y el ancho tronco entre sus nalgas solamente dijo NO pero sin apartarse de mí cuerpo. Hice el intento de sacarle la playera y ella dócilmente levantó los brazos dejándome despojarla por completo de la prenda inmediatamente después mis manos fueron hasta sus desnudos senos mi hija echó la cabeza hacia atrás y yo la mía hacia delante y a un lado de la de ella, el beso se dio naturalmente, sus labios delicados se unieron a los míos y las lenguas solas se encontraron en una cálida batalla. Justamente en esos momentos llegaba la luz, todo se iluminó abundantemente descubriendo nuestros cuerpos al lado de la mesa en esa pecaminosa situación, miré a los ojos a Araceli sin dejar de besarla y ella me miró a mí, pero ya habíamos rebasado ese punto de no retorno. Ella cerró sus ojos lentamente dejándome su boca entera a mi disposición y yo no desaproveché la ocasión, continué besando a mi hija ardientemente mientras le amasaba los pechos y restregaba levemente mi verga entre sus nalgas. De esta manera pasamos interminables minutos y finalmente la giré para que quedara de frente a mí. La volví a besar metiendo profundamente mi lengua en su boca y ella respondió de inmediato. Mis manos bajaron hasta sus nalgas y mi pene se metió entre sus puernas, ella miró la gruesa barra que se metía entre sus piernas separándose unos segundos de mi beso y luego me volvió a ofrecer sus labios. Le acariciaba las bien formadas nalgas, las amasaba y las estrujaba y de pronto la cargué sujetándola desde atrás, la subí hasta dejarla sobre la orilla de la mesa, Araceli quedó justamente a mi altura y mi pene apuntó hacia su gruta. ¡No debemos!... – me susurró mi hija. ¡No tengas miedo!... Lo deseas tanto como yo. – le dije. Pe... Pero, es qué... ¡Es qué soy virgen! – finalmente dijo. Me quedé perplejo, hasta esos momentos no había sospechado que mi hija de dieciocho años fuese virgen y esta confesión me alegró todavía más, pues además de ser el primer hombre en su vida soy el que se la dio. ¡No te preocupes!... Voy a ser muy cuidadoso. Ella me miró excitada con su respiración sumamente agitada, la besé con ternura en los labios y sujeté con una mano mi grueso instrumento, apunté el glande contra los tiernos y cerrados labios de Araceli y empujé solamente un poco comprobando que efectivamente su rajada estaba muy estrecha. Solamente la puntita del glande lograba ingresar. Jalé un poco más a la orilla a mi bella hija y llevé las manos hasta sus senos. Se los besé y chupé por algunos minutos dejando que se relajara un poco. Finalmente volví a mi antigua posición apuntando mi verga contra su nido de amor y acomodé el glande en la entrada. Besé los labios húmedos y comencé a explorar el interior de su boca con la lengua, de pronto y sin que ella lo esperase empujé con fuerza mi cadera contra la suya. La verga se abrió camino rápidamente desgarrando de un solo tirón el himen. ¡Ayyy! – gritó ella separándose de mis labios. - ¡Papá!... ¡Papá!... ¡Lo siento!... ¡Lo siento dentro!... ¡Me duele! ¡No va a durar mucho el dolor!... ¡Aguanta!... ¡Aguanta! Continué empujando mi garrote y miré como se enterraba entre los pliegues de su vagina, el calor y la humedad interiores eran deliciosos, su estreches mucho más placentera. Afortunadamente habíamos estado suficiente tiempo en el encuentro preliminar y ella se encontraba perfectamente lubricada lo qué nos ahorro demasiado tiempo y dolor por parte de ella a la hora de la penetración profunda. Mi garrote quedó completamente alojado en el cavidad vaginal de mi hija y me quedé disfrutando por algunos segundos de su cuerpo, de lo más profundo de su cuerpo. ¡Qué rico me aprieta tú cosita mi nena!... ¡Lo tienes bien rico! – dije. ¡Ahhh!... ¡Sí, lo siento!... Lo siento bien adentro. ¿Te gusta?... ¿Ya se fue el dolor? No, me sigue doliendo... Pero además siento rico... lo siento rico ahí. Lentamente comencé a retroceder mientras los dos mirábamos y justo cuando solo quedaba un cuarto de mi tronco dentro volvía a empujarlo, mi hija gimió echando su cabeza hacia atrás apoyando sus manos sobre la superficie plana de la mesa. Mi verga volvió a llegar al fondo y lentamente comencé un bombeo regular. Araceli gemía cada que mi verga llagaba a lo más profundo de sus ser y finalmente sentí que sus piernas se abrazaron contra mis muslos y sus manos rodearon mi cuello. Yo sujeté su cintura mientras mis caderas se movían lentamente adelante y atrás reproduciendo el mismo movimiento en mi pene qué entraba y salía ahora ya completamente humedecido por los calientes jugos vaginales de Araceli. Ahora ella me miraba a los ojos y de vez en cuando miraba su entrepierna para ver como me la estaba cogiendo, en sus ojos se reflejaba un poco de dolor y al mismo tiempo un excelso goce que la estaba haciendo llegar a lugares nunca antes conocidos por su cuerpo. ¡Sé que esto es incorrecto, papá!... ¿Pero por qué es tan delicioso? Nadie lo va a saber, hija... Este va ha ser nuestro gran secreto... No tienes que preocuparte por nada. ¿Y si me embarazo papá? Por eso no te preocupes mi vida... yo estoy operado y me puedo regar dentro de tú cuerpo cuantas veces lo desees. ¿Qué voy a sentir papá?... ¡Ya no pudo con lo que siento ahora! Espera amor... Todavía falta lo más delicioso. Araceli se humedecía más y más en cada momento y ya se escuchaban los clásicos “plash, plash” que se producían en cada entrada y salida de mi virilidad el olor de sexo subió inundando nuestros sentidos y ya completamente entregados comencé a aumentar la velocidad de las embestidas, mi hija gemía cada vez con más frecuencia y cerró los ojos ofreciéndome su boca. Entre gemidos y besos sentí como sus túnel se contraía y mi hija estalló en su primer orgasmo. ¡Ahhh!... ¡Oh, papá!... ¿Qué me haces papá?... ¡Ohhh, si!... Así, así. No detuve el movimiento de mi cuerpo y soporté lo más que pude para no venirme junto con ella, afortunadamente lo logré y fui descendiendo la velocidad pero aumentando la profundidad en los movimientos. Araceli terminó de venirse tras algunos segundos y cuando ella abrió sus bellos ojos mirándome me detuve completamente enterrado en su vagina, con la mirada me agradecía lo que le había echo gozar y lo que seguramente seguiría. ¡Eres muy hermosa, hija! ¡Gracias!... ¡Tú también eres muy guapo!... Ahora sé por qué mamá se fijó en ti, y además de guapo por lo que sabes hacer. – dijo coqueta. Me sonrió y nos volvimos a besar, luego de separarnos y seguirnos mirando comencé de nuevo a moverme empujando ahora lentamente y lo más profundo posible. Ella continuaba abrazada de mi cuerpo y yo sujetando su leve cintura. Mi grueso tronco se abría paso entre esos labios palpitantes y ahora separados completamente, los jugos formaban ya una densa espuma sobre la piel de mi verga y esto lubricaba a la perfección las entradas y salidas y ahora más jugos comenzaban a agregarse a estos. Ya un pequeño charquillo se había formado debajo del cuerpo de mi hermosa nena y además bajaba el jugo por mis bolas mojándolas levemente. Sin cambiar de posición nuevamente Araceli comenzaba a experimentar las delicias de su segundo orgasmo, pero a ésta nueva venida de mi nena se iba a agregar otro factor que ella nunca antes había probado, me semen. Sí, justamente cuando ella se estaba viniendo yo lo empecé a hacer. Mi caliente leche estalló dentro de lo más profundo de su vagina y ella sintió el calor que le regaba, su orgasmo se intensificó tanto que al final terminó llorando, pero no de tristeza o dolor sino de alegría y placer. Yo no puedo por menos que decir que este orgasmo fue el mejor que en muchísimo tiempo lograba experimentar. Me estuve moviendo dentro de su cuerpo hasta que no pudiendo más mi garrote perdió la dureza y todos nuestros jugos se regaron por la mesa cayendo en espesas gotas al suelo. Así tanto ella como yo completamente embarrados con nuestros jugos apagamos la luz de la sala y no fuimos a mi dormitorio, allí nos besamos y acariciamos hasta la saciedad y sí no volvió a haber sexo fue por que estábamos completamente saciados, tras largas horas de charla, besos y caricias nos quedamos dormidos y abrazados. Al despertarme sentí el cuerpo de mi hija anidado contra el mío en posición fetal. Juntos nos metimos al baño y desayunamos, nos despedimos con tristeza quedando alegres de encontrarnos más tarde en casa. Sabíamos que se iba a repetir lo de la noche anterior y estábamos ansiosos de que ese momento llegase. Esa tarde cuando llegue todo estaba a oscuras y en silencio, encendí la luz de la sala para no tropezar y me dirigí de inmediato a mi habitación y prepararme para la llegada de Araceli, encendí la luz de mi cuarto y casi me voy de espaldas, sobre la cama, completamente desnuda y perfectamente empinada se encontraba mi hija. Su largo cabello rubio se regaba sobre su espalda y volteaba ligeramente tratando de mirarme sin conseguirlo, pero no se movió de sus posición. Sus nalgas perfectas enmarcaban su agujero trasero que se veía perfectamente cerradito y debajo los labios ligeramente abiertos de su vagina. Comprenderán que en esa situación no pude esperar más tiempo, inatenté quitarme enseguida los pantalones y el saco y la camisa, pero lo único que conseguí fue rodar por el suelo hasta quedar justamente debajo de las piernas de mi hija que estaban flotando fuera de la cama. Rápidamente me levanté y ella permaneció en su posición y sitio. Me desnudé como un bólido con la verga completamente parada, me acomodé detrás de Araceli y fue un alivio el entrar en su gruta cálida y apretada. Como un loco me estuve moviendo sin pausas y juntos estallamos en un fantástico y satisfactorio orgasmo. Tras esto la tumbe en la cama recriminándole de que recibimientos como este eran los que ocasionaban tantos infartos. Ella a modo de chiste me comentó que no era posible que todas las hijas esperasen de ese modo a sus padres. Esa noche tras cenas y bañarnos volvimos al cuarto y cogimos nuevamente, esta vez en la posición tradicional del misionero. Así de este modo fueron sucediéndose los días, las semanas y los meses, y llegó el tiempo de vacaciones. Araceli tuvo que ir hasta nuestro país para visitar a su madre, la despedida fue toda una noche completa de sexo, besos, promesas y caricias. Yo la llevé al aeropuerto y desde lejos comprendí que mi hija era toda una belleza, una punzada de celos llegó a mi corazón tan solo de verla marchar con esa silueta delgada y hermosa. Iban a ser esos días sin ella definitivamente muy difíciles. El tiempo transcurrió lenta y pesadamente, me costó mucho trabajo acostumbrarme de nuevo a dormir solo. Pero afortunadamente no hay mal que dure cien años. Araceli volvió y volvió con muchas ganas de sexo, casi a diario teníamos relaciones desde su llegada. La noche de su llegada ella me recostó en la cama y me desnudó, luego se comenzó a desnudar lentamente y cuando estuvo completamente así, se hincó en la cama, tomó mi verga y muy suavemente me comenzó a masturbar, cuando notó que la tenía completamente erecta acercó su cara y me empezó achupar, nunca antes me había chupado y eso me sorprendió un poco además de que un poco de celos me recorrieron el alma. ¡No tienes nada de qué preocuparte, lo aprendí en una película! – me dijo. ¿Viste una película pornográfica? Sí, me la prestaron mis amigas... Y no solo aprendí eso. ¿Qué más? Eso lo iras descubriendo. – dijo sonriéndome. Luego giró su cuerpo hasta dejar sobre mi cara su hermosa entrepierna completamente depilada. Supe enseguida lo que tenía que hacer. Mientras que mi hermosa hija me estaba felando yo me dediqué a hacerle el cunnilingus, hurgué en cada espacio, en cada pliegue y en cada huequito que encontré en su vagina, finalmente ella terminó viniéndose en mi boca y yo bebí gustoso el néctar que su cuerpo me entregaba. Araceli por su lado no desperdició el tiempo y siguió mamándome deliciosamente, su boca trabajaba delicioso sobre mi tronco y su cabello suelto me acariciaba las piernas de una modo sumamente excitante le avisé que estaba a punto de correrme pero ella continuó, sabía lo que venía y lo deseaba. Mi esperma caliente comenzó a ser expulsado con fuerza, le costó trabajo tragarlo todo, pero lo fue logrando, toda mi leche iba siendo devorada por la hermosa boca de mi nena. Mi verga quedó completamente limpia y excelentemente lubricada con la saliva de Araceli, no perdí la dureza en ese momento y aprovechamos para una deliciosa continuación. Ella se montó en mí y solita se ensartó la verga. Me estuvo cabalgando hasta que después de su tercer orgasmo logré nuevamente venirme dentro de su vagina. Una noche en que nos encontrábamos mirando una película pornográfica me pidió que se la metiera por el culo. Cosa que por supuesto estuve dispuesto a realizar. Nos fuimos inmediatamente al cuarto y nos desnudamos, claro que estuvimos un buen rato besándonos y acariciándonos, ella después se colocó a cuatro y yo comencé a tragarme su culo, mi lengua se perdía profundamente dentro de su ano y agregué pronto uno de mis dedos a la tarea, de este modo le fui ensanchando el apretado agujero hasta conseguir que entrara y saliera con gran facilidad, llegando a este punto añadí un dedo más y la estuve bombeando con ambos por largos minutos, le dolía claro, pero era poco comparado con lo que le iba a doler cuando le metiera la verga. Ella se quedó en cuatro cuando me dijo que estaba lista, me acomodé detrás de su cuerpo mirando las perfección en sus curvas, sus nalgas, su delgada cintura y la suave piel de su espalda, su cabello cayendo a los costados de su cabeza, rubio, sedoso y oliendo a ese delicioso shampoo que me enerva más cuando le beso y la acaricio la cabellera. Posé una mano en su espalda baja apretando un poco para que sus nalgas se pararan todavía más, con la otra mano estaba sujetándome el erguido garrote que tenía ya en la punta una gruesa gota transparente de lubricante. La gruesa y purpúrea cabeza se apretó contra el ano de mi hija y entonces escupí sobre ella, la gota de saliva se regó por la cabeza y mojó también el arrugado agujero. Hice presión y lentamente mi garrote se fue metiendo entre esas apretadas paredes de carne. Araceli pujaba soportando el dolor pero no decía que me retirara, le pregunte si estaba bien y ella movió la cabeza afirmativamente. Su ano apretado y caliente era algo sumamente delicioso de probar y más con la idea de qué se trata de tu propia hija. La verga avanzó lentamente y ella soportó el dolor sin siquiera quejarse. Finalmente toda la barra estaba dentro de su hermoso culo y ella sola comenzó a balancear su cuerpo adelante y atrás, yo únicamente mirando como la verga entraba y salía lentamente de la apretaba cavidad. Increíblemente pude soportar el tiempo suficiente como para que ella llegase a un orgasmo. Sí, llegó a un orgasmo tan solo con mi verga profundamente clavada en su ano. Me encantó la forma en como ella se movía y lo duro que su agujero se apretaba contra mi tronco. Fue increíble y delicioso, después supe que para ella también fue delicioso a pesar del dolor que en esos momentos experimentaba. Tras venirse ella yo no pude contenerme más tiempo y llené sus entrañas con mi caliente esperma, ella lo sintió y lo disfrutó también, esa misma noche lo volvimos a repetir cuando pude recuperarme de tan deliciosas y agotadoras sensaciones. En fin, hemos tenido infinidad de encuentros y no hemos llegado a fastidiarnos de esto, el incesto para mí ha sido algo sumamente fuerte pero increíblemente gratificante y lo mismo piensa Araceli, mi hija. Ella está ahora a punto de recibirse y piensa que se quedará en este país extranjero pues la vida le resultaría difícil sin su padre, su amante. Piensa traer a mi ex mujer a vivir a esta ciudad pero en un lugar apartado, de ese modo seguiremos teniendo nuestra intimidad intacta. Bueno, ya veremos que sucede. FIN
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