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Autor : cazzique
ID del relato : 278
Audiencia : Abierto
versión 1.00.01
Fecha de Publicación: 10/1/2010 13:44:31
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Con los restos de la playera de Samanta, Leonardo le ató las manos arriba de la cabeza y después poniéndose en pie le sacó los zapatos y jaló los pantalones hacia abajo, la deliciosa silueta de su cuñada se le fue mostrando, sus pantaletas de color blanco con ese encaje al frente hacían de la visión algo extraordinario, la piel blanca de la mujer de su hermano era suave, tersa y fresca. Leonardo llegó a casa de Andrés, su hermano, temprano; sabía que él no se encontraba pues había salido a trabajar. Samanta abrió la puerta y al ver a su cuñado lo saludó como de costumbre. Ella traía puesto un pantalón de mezclilla que se amoldaba deliciosamente a su cuerpo, la cabellera teñida de color rojo caía pesadamente a su espalda y sus ojos de color miel le sonrieron coquetamente cómo era costumbre en la chica. ¡Hola!... ¿Y ese milagro? Nada, solamente pasaba por acá y decidí saludar a los parientes... ¿Cómo esta Andrés? Pues ya sabes, trabajando... ¿Y tú, que tal? Pues como de costumbre, un rato por aquí otro por acá. La conversación se inició de esa manera y la bella mujer invitó a su cuñado a tomar una taza de café mientras conversaban. Leonardo miró detenidamente a la mujer mientras preparaba el café y no pudo evitar sentirse excitado ante las exquisitas curvas de su cuñada. Mientras ella se movía de un lado al otro por la cocina él no pudo desviar la mirada de ese trasero redondo y firme, en el pantalón se marcaba claramente la pantaleta que ella traía debajo y eso marcaba mucho más hermosamente el cuadro, encima ella traía puesta una playera de algodón bajo la cual se marcaban al frente un par de hermosos y firmes senos, gracias al frío de la mañana los pezones de la mujer se marcaban al frente puntiagudos y deliciosos. La verga de Leonardo se encontraba completamente rígida y en un par de ocasiones se la tuvo que sobar discretamente debajo de la mesa mientras tomaba el café con su hermosa cuñada. Como pudo él comenzó a introducir entre la conversación alguno que otro piropo y notó como su cuñada se ruborizaba con las directas alusiones que él hacía de su belleza. En la casa no había nadie pues ella acababa de llevar a los chicos al colegio y Leonardo lo sabía. Samanta se levantó para servirle a su cuñado un poco más de café, le daba la espalda mientras levantaba la cafetera y servía en la taza. Fue justo en esos momentos cuando sintió que Leonardo se colocaba detrás de ella y pegaba en sus nalgas un grueso tronco que se marcaba frente a sus pantalones. Samanta se quedó congelada por los nervios y no supo que hacer en ese instante. ¡Vaya cuñadita! – dijo el sujeto haciéndola dejar la cafetera sobre la barra - ¡Qué ricas cogidas te ha de dar mi hermano!... No sabes cómo me gustaría hacer lo mismo. Cuando Leonardo dijo eso ella supo que las cosas no iban por buen camino, trató de zafarse de él pero ya en esos momentos era demasiado tarde. El hombre pasándole una mano por la cintura la pegó con fuerza contra su cuerpo y con la otra mano buscó el botón al frente de su pantalón de mezclilla, con los movimientos de Samanta le resultó un poco difícil a Leonardo abrir el pantalón pero finalmente lo consiguió y asomó al frente una pantaleta de color blanco que tenía encaje y los vellos oscuros se traslucían. La mano del hombre acarició ese monte de Venus con brusquedad y trató de meter la mano entra las bragas y la piel pero sin conseguirlo. ¿Qué te pasa Leonardo?... Soy la mujer de tu hermano... No hagas esto. – se quejó ella. Eso no importa cuñadita... Lo qué en verdad cuenta es que te voy a hacer gozar como nunca... Mi hermano no es hombre para ti. Por lo qué más quieras, Leo... Suéltame, qué ganas con enemistarte con tu hermano. ¡Cállate, puta! – gritó. Samanta se asustó cuando comprobó que su cuñado estaba en verdad fuera de sí, trató de luchar pero todo era en vano. Leonardo con fuerza superior a la de ella la jaloneo hacia la sala y allí la tumbó sobre uno de los sillones. Montado sobre ella el hombre jaloneo la blusa hasta finalmente conseguir rasgarla. El estómago de Samanta asomó blanco y suave, sin ninguna seña de panza, más arriba se alcanzaron a notar los montes de carne pero sin descubrirse completamente, la mujer no traía sostén por lo qué resultó sumamente fácil para su cuñado retirar los trozos de la playera y poder admirar ese par de suculentos pechos. Los pezones de la mujer estaban completamente erectos, oscuros y llenos. Con las dos manos Leonardo se apoderó de cada una de las masas de carne y las masajeó a su antojo. Ella estaba mirándolo con un odio demencial en el rostro y no le era posible resistirse a la fuerza de él pero si en esos momentos hubiese tenido un arma en la mano seguramente la habría usado en contra de su atacante. ¡Vamos, puta!... Gózalo, se nota que te encanta lo que te hago. ¡NO, NO!... Suéltame maldito... Esto no se queda así. – gritó ella. Con los restos de la playera de Samanta, Leonardo le ató las manos arriba de la cabeza y después poniéndose en pie le sacó los zapatos y jaló los pantalones hacia abajo, la deliciosa silueta de su cuñada se le fue mostrando, sus pantaletas de color blanco con ese encaje al frente hacían de la visión algo extraordinario, la piel blanca de la mujer de su hermano era suave, tersa y fresca. Sacó completamente los pantalones y los arrojó hacía uno de los sillones cercanos. Eres en verdad deliciosa. – dijo el infame comiéndosela con la vista. ¡Y tú un maldito! Leonardo se arrojó contra ese delicioso cuerpo y su lengua reptó por la deliciosa piel de su cuñada, pronto llegó a los senos y mientras que con las manos amasaba las hermosas protuberancias con la lengua jugueteaba con los pezones y muy a pesar de lo que deseaba Samanta gozó de esa caricia prohibida que su cuñado le hacía, la mujer a pesar del goce logró contener los gemidos que en otras circunstancias hubiera dejado escapar. Cuando Leonardo se hartó de esos deliciosos frutos su boca bajó por el plano vientre de su cuñada y por fin llegó hasta la orilla de esa pantaleta blanca que escondía el tesoro deseado. Leonardo jaló las bragas y fue descubriendo esa tupida pelambrera de color oscuro, Samanta lo único que podía hacer era suplicar para que su cuñado la dejara en paz pero él lejos se encontraba de querer hacer eso por el contrario ahora que veía ese ensortijado bosque de vellos oscuros lo que más deseaba era enterrar allí su cara, refrescarse con el fragante olor que manaba de la concha y deleitarse con los jugos que seguramente lograría sacar después de hacerla gemir de placer. Sin pensárselo más tiempo sacó por completo las pantaletas y las olió por algunos segundos, luego se hincó en el suelo e hizo a Samanta abrir el compás de sus piernas. La rosada hendidura de su cuñada se fue mostrando poco a poco con su corona de vellos rizados y oscuros. Leonardo no dudó un solo instante en enterrar su cara entre esos carnosos muslos, su lengua salió sin demora y tocó esos labios vaginales que olían deliciosamente, el aroma lo enervaba aun más y su verga pugnaba por salir. ¡Sam, en verdad que estás deliciosa! – gimió él desde la entrepierna. Suéltame, suéltame... ¡Por lo que más quieras, suéltame! – lloró Samanta. La lengua del agresor se hundió profundo dentro de su concha y Samanta sintió que una fuerte corriente eléctrica atravesaba su cuerpo, la lengua se meneó una y otra vez adentro, afuera, a un lado, al otro sin poder evitarlo la joven sintió que los flujos de su cuerpo se comenzaban a escurrir. Y mientras mamaba sin descanso Leonardo se sacó la barra candente con una de las manos y comenzó a masturbarse al ritmo de las lamidas que le daba a su cuñada. ¡Oh, puta!... No te imaginas lo delicioso que saben tus jugos. No, no. – ya solamente sollozaba sin fuerza Samanta. Leonardo usaba ya toda la boca para tragar los jugos que salían sin parar de la panocha de su cuñada, con la mano que tenía libre aprovechaba para acariciar los senos y pellizcar levemente los pezones que ahora se encontraban todavía más erectos que antes. Samanta que nunca antes había probado las delicias del cunnilingüs estaba experimentando cosas que nunca se habría imaginado, Leonardo tenía razón en algo, su marido, ósea el hermano de su atacante nunca había sido un buen amante para ella y ahora qué Leonardo le comía la vagina de esa manera ella se estaba humedeciendo como nunca antes lo había hecho. Sin quererlo y sollozando por la lucha interna que se daba en su mente, Samanta comenzó a comparar a Leonardo con su marido y enseguida se dio cuenta de que en verdad Leonardo sabía darle placer a una mujer, pensando así Samanta no se dio cuenta de que poco a poco su cuerpo comenzaba a responder a los ataques que su cuñado le daba; las caderas de la chica lentamente se comenzaron a mover en círculos mientras que la lengua de su cuñado se enterraba profundamente en su interior extrayendo los jugos que su placer le hacia expeler. Obviamente Samanta disfrutaba del sexo con su esposo pero lo que ahora estaba comenzando a sentir superaba por mucho lo que Andrés la hacía experimentar, la lucha mental que todavía sostenía Samanta se comenzó a nublar y el placer fue dando cabida a un placer que crecía en cada momento, pronto la mente de la chica estuvo en blanco por algunos segundos, ella no supo bien a bien lo que había pasado pero cuando fue recobrando la conciencia lo primero que supo es que estaba gimiendo. Si, sin saber cómo había pasado Samanta se dio cuenta de que sus manos se encontraban en la cabellera de Leonardo, de que sus caderas se estaban moviendo circularmente y que de su vagina escapaba una cantidad de fluido como nunca antes había sentido, el calor que sentía en su cuerpo la hacía sudar copiosamente y los jadeos de su respiración también eran audibles. ¡Ahh, ahh!... ¡Ohh, ahh! – se escuchaba Samanta gemir. La resistencia que minutos antes mantenía la chica había desaparecido por completo, se quedó desmadejada sobre el sillón dejándose manipular por su cuñado. Leonardo entonces se levantó su verga completamente endurecida se apreciaba fuera de la bragueta, cuando Samanta la vio pudo comprobar que el tamaño de ese instrumento superaba por mucho al de su marido. Leonardo se sacó la camisa y se abrió completamente los pantalones, se los sacó después de botarse los zapatos con la punta del pie. Quedó únicamente en calzoncillos y con la verga fuera de ellos pero éstos no permanecieron mucho tiempo en su sitio, el hombre jaló los blancos calzoncillos y una vez completamente desnudo se mostró orgulloso frente a su victima. Samanta miraba las escena desde su sitio sin atinar a mover siquiera un músculo, sabía que estaba indefensa ante los ataque de su cuñado pero además algo dentro de su ser hizo que no pusiera más resistencia, era como si la joven presintiera que iba a gozar mucho con lo que su cuñado tenía entre las piernas, sólo que ella no lo comprendía así en esos momentos pues no era consciente de su pensamiento, únicamente estaba allí esperando qué era lo que seguía en esta situación. Leonardo despacio se acomodó entre las piernas hermosas de su cuñada y balanceó su garrote frente a la entrada vaginal de ella, el glande rozó a penas los vellos púbicos de Samanta pero ella sintió que se venía nuevamente en esos instantes. Despacio Leonardo guió su glande hacia la entrada vaginal y fue abriendo los pétalos de Samanta, ella se tensó un poco pero siguió sin oponerse a la posesión, la gruesa barra de carne avanzó inexorablemente hacia las profundidades de la vagina haciendo sentir a Samanta que la abrían de par en par, cuando el glande pegó en lo más profundo de la chica un orgasmo intenso y satisfactorio regó las mieles sobre el tronco del pene. Samanta se quedó en silencio pero cerró los ojos ante el placer inminente que estaba experimentando. Con lentos movimientos las potentes caderas de Leonardo comenzaron a moverse y él mirando hacia la entrepierna era testigo de la profanación que estaba cometiendo, los caldos calientes de ambos bajaban lentamente por entre las nalgas de Samanta y humedecían la tela del sillón. La verga de Leonardo era gruesa y obligaba a los labios vaginales de Su cuñada a abrirse más de lo acostumbrado por ella y el glande rozaba en su interior partes que nunca antes había rozado Andrés, a los pocos minutos otra venida hacía saber a Leonardo que estaba haciendo las cosas como se debía y él todavía se encontraba entero como para brindarle más placer a la joven mujer de su hermano menor. Por supuesto a estas alturas la hermosa jovencita ya no estaba preocupada de quien era el que se la cogía, ahora su preocupación se centraba en los placeres que estaba experimentando y en los fabulosos orgasmos que el hombre que la poseía le estaba regalando, sus caderas subían y bajaban junto con los movimientos de su cuñado y los músculos de su concha no dejaban de contraerse una y otra vez sobre ese tronco del garrote haciendo el placer para él más intenso también Samanta había llegado ya a cuatro orgasmos cuando su cuñado se zafó de su cuerpo, la verga salió completamente bañada con las mieles de la bella mujer y ella miró el tronco mientras se balanceaba arriba y abajo. Leonardo le tendió una mano y ella obedientemente ofreció la suya, él la jaló despacio haciéndola levantarse, no había ya palabras solamente con las miradas él ordenaba lo deseado. Samanta quedó sentada sobre el sillón y su cuñado se paró entonces frente a ella mostrándole el humedecido pene. Ella abrió los labios mientras lo miraba y él colocó el glande sobre ellos, Samanta apretó sus carnosos labios sobre el tronco y dejó que la macana avanzara al interior de su boca, saboreó sus propias mieles embarradas en el tronco y disfrutó la felación que comenzaba a hacerle a su atrevido cuñado. Mamó por algunos minutos y finalmente Leonardo la detuvo. ¡Ponte en cuatro! – ordenó él. Sin resistir la orden la hermosa joven se colocó a cuatro patas sobre el sillón donde antes estaba sentada y mostró a su cuñado el hermoso trasero bellamente diseñado. Leonardo se hincó justamente detrás y no perdió tiempo en besar, lamer y chupar esas nalgas deliciosas que se le ofrecían ahora sin miramientos. La lengua de Leonardo se metió por todos los rincones más ocultos, lamió la vagina y subió finalmente hasta el ano, lo lengüeteó por muchos minutos e hizo sentir a su cuñada un placer que nunca había experimentado. Leonardo además le comenzó a dedar el ano y a pesar de lo extraño de la sensación la chica lo comenzó a disfrutar. Leonardo se puso en pie, su verga seguía perfectamente erecta, la tomó con su mano derecha y con la izquierda puso mucha saliva en la punta del pene, colocó el glande en la entrada del arrugado agujerillo del ano y Samanta se asustó. ¡Por allí, no! – dijo. ¿Nunca te la han metido por el culo? No, no. – gimió ella tímidamente. Leonardo solamente sonrió y empujó lentamente sus caderas hacia el frente sujetando las caderas de su cuñada. La joven sintió la gruesa cabeza abriéndose paso por donde nunca antes había recibido algo tan grande y un fuerte dolor la hizo gritar, apenas el glande se abría camino y Samanta sentía que la partían en dos. ¿Qué me haces?... ¡Duele, duele!... ¡Sácalo! – suplicaba. Pero Leonardo lejos se encontraba de sacar su garrote, por el contrario empujaba con más satisfacción al escuchar como su cuñada le suplicaba que se detuviera. Tras algunos minutos la verga de él había avanzado ya un poco más, el glande ya no se veía tenía dentro una cuarta parte del tronco. La respiración de Samanta se agitaba más en cada momento y sus dedos apretaban con fuerza los cojines sobre los cuales estaba apoyada, su boca estaba abierta con un grito a la espera de salir, la saliva se escurría por la orilla de su boca pues estaba tan caliente y tan pendiente de las nuevas sensaciones que ya un par de minutos su boca estaba así, en su entrepierna Samanta sentía un ir y venir de fluidos que no cesaban de escurrir por sus muslos. Leonardo se detuvo cuando notó que su verga se encontraba ya a la mitad del camino y llevó sus dedos hacia la boca de su cuñada, ella los chupó sin desprecios y saboreó el propio sabor de su culo en uno de ellos. La verga ya casi estaba completamente dentro y Samanta se seguía quejando, se aventaba también hacia adelante tratando de evitar la penetración pero su cuñado la tenía firmemente sujeta por las caderas y fue en una de esas que dio la estocada final; sujetando con fuerza a su cuñada Leonardo la jaló a la vez que empujaba las caderas hacia el frente, la verga se fue hasta el fondo, las nalgas de la mujer se aplastaron contra la pelambrera de él y solamente un leve grito fue el indicativo de que la penetración se había completado. Samanta dejó caer su pecho contra el sillón dejando de este modo todo el trasero a disposición de su cuñado quien no dudó en comenzar a bombear ese ano que apretaba deliciosamente su tronco. Las sensaciones se fueron intensificando a medida que el dolor pasaba en Samanta y la hermosa mujer comenzó a moverse también para adelante y para atrás cuando pasó del dolor al placer, una intensa venida la hizo tocar nuevamente el cielo minutos después y Leonardo no dejó de moverse en ningún momento. La cuñada de Leonardo no dejaba de gemir, ya había perdido por completo la frialdad que antes experimentara y ahora sus gemidos eran casi gritos. La piel suave y blanca de Samanta respondía ya a las caricias suaves que su cuñado le daba en las nalgas, su piel se erizaba completamente y presa del furor ella llevaba hacia atrás las manos apretando más contra su cuerpo el de Leonardo. Él sacó por completo la dura tranca del ano de su cuñada y apreció ese agujero recién estrenado mientras iba recuperando su tamaño original, luego volvió a meter la verga completa hasta el fondo haciendo que un gemido largo se escapara de los suculentos labios de la muchacha y un nuevo orgasmo inundó nuevamente la gruta candente que en esos momentos se encontraba desocupada. Leonardo se quedó quieto después de ese orgasmo de Samanta, sacó lentamente su garrote y le pidió a la mujer que se pusiera de pie sobre el sillón en el que se encontraba a cuatro patas, ya sin dudar mucho ella obedeció a su cuñado y se colocó de pie frente a él, Leonardo aprovechó para mamarle los senos mientras que sus manos se deleitaban con la exquisita curva de las nalgas, de allí justamente la sujetó pegándola a su cuerpo y la fue levantando en vilo hasta que la vagina de la mujer quedó justamente frente a su rostro. Él metió su lengua profundamente en la humeda panocha y mamó una y otra vez, luego fue deslizando el cuerpo de la mujer por el suyo hasta que finalmente quedaron cara a cara; Samanta sentía la verga de su cuñado balanceándose entre sus nalgas, lo miró al rostro y sin poder contenerse por más tiempo lo abrazó, se colgó de su cuello y pegó su boca a la de él. Leonardo mientras besaba a su bella cuñada fue guiando con las caderas el tronco hasta la entrada vaginal y finalmente empujó las caderas para ensartar esa apretada y humedecida vulva, con la fuerza de sus brazoz hizo subir y bajar el delicado cuerpo de Samanta y así nuevamente comenzó la cogida, los caldos de la mujer eran tantos que literalmente escurrían con cada ir y venir de los dos cuerpos. Las bocas no se separaban y las caricias de ella se centraban ahora en la musculosa espalda de su cuñando. Pronto las sensaciones fueron tan intensas que era difícil soportarlas, los gemidos de los amantes se unieron en uno solo y simultáneamente ella y él se comenzaron a venir, el ardiente semen de Leonardo llenó por completo la vulva que de por sí ya rezumaba una gran cantidad de fluidos. El orgasmo se prolongó por segundos exctasiantes que se hacían toda una eternidad para los dos involucrados. Finalmente y sin fuerza Leonardo cayó sobre el sillón todavía con su cuñada profundamente sepultada y lentamente se fueron separando. La mujer buscó lo que quedaba de sus ropas mientras que él la miraba desde el sillón, un par de minutos después el se levantaba y buscaba también sus prendas. Ya cuando los dos se encontraban en orden nuevamente se volvieron a sentar en la mesa pero ambos permanecieron en silencio, únicamente se miraban sin atinar a decir nada más. Esta situación se prolongó por algún tiempo y finalmente una corta conversación se llevó a cabo. ¡Esto nunca debió de haber pasado! – dijo Samanta. Lo sé… Pero ha sido en verdad muy excitante el haberlo hecho de esta manera… Creo que no te arrepientes de lo que sucedió. Qué te puedo decir, sería un engaño lo que dijera después de lo que viste. Lo que esperaría sería que esta no fuera la única vez. ¿Qué propones? – dijo ella mirándolo. Qué nos volvamos a ver… Si quieres que no sea aquí, pero que nos volvamos a ver. ¿Y tu hermano? ¿Qué hay con él? ¡Piensas ser el que le siga poniendo el cuerno! Ya pasó… No lo pude evitar… ¿Qué más hacerlo una que mil veces? ¿Ósea? Si, estoy dispuesto a lo que sea… Siempre te he deseado y si ahora dices que si, no me puedo negar a continuar. Nuevamente reinó el silencio y tras algunos minutos Samanta se levanto de la mesa, y se abrió de par en par la blusa que se había puesto, sus hermosos senos quedaron desnudos ante la mirada de su cuñado. ¡Todavía falta mucho para que llegue tu hermano! Leonardo se levantó, tomó por el talle a la hermosa Samanta y besó los senos que se le ofrecían. FIN
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